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Lun, Dic

Lo llaman así

Lo llaman así

Sociedad
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QUIENES se cruzan por aquel lugar sólo regresan a mirarlo recién cuando pasan por su lado casi rozándolo.

Para estos, lo que están viendo sus ojos, es el “Valle de los leprosos”, y nadie, ni siquiera quienes más lo frecuentan saben por qué lo llaman de ese modo. Y de sus asiduos, los más antiguos solo recuerdan que fue la Teodora la primera en instalarse allí. Ella decía que venía desde Cumbibirá, y también contaba, cuando fue afianzando amistades, que, por el lado de su madre, le habían dicho que era una tallanca pura. Pero que eso a ella le entraba por esta oreja y le salía por la otra. Al instante lo olvidaba.
ESAS mismas personas todavía imaginan viendo a la Teodora descender de la carrocería con barandas de una vieja camioneta Chevrolet de los 70 con sus bultos: una canasta mediana con enseres de cocina, dos bidones repletos de chicha y una pequeña y rústica mesita de madera que venía acompañada de un par de banquitos, también del mismo material de la que estaba hecha la mesita.
Y eso era todo cuanto traía la Teodora cuando comenzó a rondar por este codo de la antigua zona industrial de Piura, esa que colinda con el Complejo de Mercados y aloja toda clase de talleres, madereras y mueblerías. Al comienzo, la Teodora daba vueltas y vueltas sin saber dónde finalmente instalarse con su mesita, sus banquitos y su chicha, temerosa de que en aquella calle polvorienta que tenía por delante apareciera alguien para desalojarla en cualquier momento. Hasta que un buen día se le acercó un hombre bueno para decirle, compadecido, “ponte allí”.
Y en aquel lugar se quedó ocupando un pequeño espacio al costado de una larga pared de ladrillo que luego siguió poblándose con más pequeñas vivanderas, como la Teodora, hasta desaparecer, como pared, de la vista de los demás. Invisibilizada durante el día por esa amorfa muralla humana en que se convierten ellas y sus clientes. Gente mil oficios la mayoría de éstos, y todos en comunión con lo que allí van a buscar: si no es el cebiche de caballa, la chichita, o ambas cosas y, para bajarla, lo de siempre: algunas cuantas cervecitas mientras se conversa en medio de una atmósfera casi de verbena.
ESTE es, pues, aquel lugar al que muchos llaman malamente el “Valle de los leprosos” y que otros, con un poco más de caridad, podrían haberlo llamado el de “los agachaditos”. Más justo y menos cruel que el otro.

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